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Como una chica…

Correr, jugar, pelear…

Como una chica.

En qué te hace pensar y cómo lo harías, si te digo que lo hagas como una chica?

Así comenzó su iniciativa  Lauren Greenfield. Y descubrió  o mejor dicho confirmó lo que muchos sospechamos. Que  hacer algo como una niña equivale a un insulto.

Todavía. Siglo XXI.

Pero hay esperanza porque cuando esa misma pregunta se formuló a niñas, las respuestas fueron MUY distintas.

Y me llevó a pensar en mi, en la chica que fui. Y descubrir con alegría que jamás me dejé etiquetar o limitar por ser “una chica”.  Y no porque yo sea especial, porque mis padres lo fueron y lo son. Criaron a cuatro chicas en la creencia de que el destino es algo personal (no es femenino o masculino) y que podemos elegir siempre qué hacer.  Y jugué a los indios, al fútbol, a la guerra, a carreras de bici, a policías y ladrones…mucho más que a las muñecas y las casitas. Y jamás desde una posición de debilidad.  La realidad de mi infancia nada tiene que ver con la limitación.  “Como una chica” no es una forma de hacer nada. Al menos no como sinónimo de debilidad, flojera o cursilería.

Tampoco sentí esa limitación en la Universidad, …ya les hubiera gustado a muchos tener los resultados “como los de una chica”. Nuestra pandilla de chicas era fantástica.

Las limitaciones aparecen en la vida laboral. Es más difícil todo si eres una chica..independientemente de cómo lo hagas. Y no lo digo yo, lo dicen los datos. Si se mira la cantidad de mujeres en la Universidad, su rendimiento, su liderazgo las mujeres están a la cabeza.  Si se hace lo mismo en el mercado laboral..hay una enorme brecha. Los puestos de liderazgo se los llevan los hombres y los mejores sueldos. Donde se quedaron todas esas mujeres con rendimientos brillantes, activas, con dotes de liderazgo? Por qué no están en puestos de liderazgo? Sólo unas pocas excepciones, que nos quieren vender como  “es que no todas valen”.Estamos de acuerdo, no todas valen para liderar, pero ¿tantas? Y con la misma regla, ¿tantos sí valen?

No soy feminista,  pero no soy tonta. Y veo. No me gusta que una mujer, por el sólo hecho de serlo gane un 20-30% menos que un hombre en el mismo puesto, no me gusta  ver empresas que se llenan la boca con diversidad, la mujer, etc  y en las fotos corporativas sólo se ven corbatas. No me gusta que una mujer tenga que  “elegir entre la familia y el puesto”.

No me gusta escuchar hablar de empoderamiento, cada vez más se oye más. Odio los palabros de moda. A los que todos se prenden y ordeñan hasta que no queda más de ellos. Sólo un blabla vacío.

Ni yo,  ni ninguna de nosotrAs necesita empoderamiento. Como si para tener poder, necesitáramos que alguien nos lo de. No nos hace falta que nos den nada. Sólo que se quiten del camino. Las palabras importan, mucho y cada vez más.

 Empoderar

1. tr. Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido. U. t. c. prnl.

El empoderamiento nos hace sujetos pasivos que depende de la acción voluntaria de otro. Nos tienen que empoderar, los poderosos. Cuando hay tanto ruido, las palabras hacen la diferencia, no los palabros. Lo único que necesitamos las mujeres es que nos vean, nos reconozcan y se quiten del medio creencias absurdas sobre nuestras formas de hacer las cosas.  Tenemos la fuerza suficiente para conseguir lo que nos propongamos.  En más o menos tiempo.

Como chicas. Perseverando, peleando, colaborando, avanzado, dando lo mejor, curando heridas,  abriendo ventanas donde nos cierran puertas.

Como chicas.

Lo vamos a conseguir.

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